miércoles, 21 octubre, 2020
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Colonia del Sacramento, la joya uruguaya

Silenciosa, lejos del glamour de Punta del este o del ruido de Montevideo, Colonia del Sacramento, es un pueblo de pocas calles, playas sobre el río, buena gastronomía y vida nocturna, ideal para una escapada romántica o en familia. Los ferris llegan cada día desde Buenos Aires a las orillas de esta joyita de Uruguay con turistas decididos a caminar y descubrir los secretos de esta ciudad cuyo barrio histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1995.

Ni uruguayos ni argentinos dicen su nombre completo: es sencillamente Colonia. Fundada a principios de 1680 por los portugueses, sufrió el ataque de las fuerzas españolas a los seis meses de haber despuntado a orillas del Río de la Plata. Tironeada por ambas coronas, por fin la española logró, en 1777, retener el enclave; como consecuencia de tales enfrentamientos, casi no tuvo población estable. Hoy, de los 28.000 habitantes que registra la ciudad, sólo unas 300 residen en el barrio histórico, debido al alto costo del metro cuadrado. 

Grandes árboles sombrean su cuadrícula urbana y el aire salino del Atlántico penetra hasta el interior de su entramado peatonal, situado justo a occidente de la terminal de ferris, en un morro natural. La ciudad es una expresión de la fusión de culturas y estilos: portugués, español, holandeses, franceses, suizos e italianos dejaron en sus sellos. En sus calles se mezclan construcciones de diferentes estilos arquitectónicos.

La ciudad es una expresión de la fusión de culturas y estilos. (Turismo de Colonia)

La Plaza de 1811, frente al Portón de Campo en la muralla, marca el ingreso al casco histórico. Dentro de los muros, la zona emplazada en el extremo occidental de la ciudad, encanta con la fusión de estilos ibéricos que conserva la identidad arquitectónica de su pasado colonial. Las diez cuadras de largo por cinco de ancho, a la ribera del Río de la Plata poseen un espíritu de otros tiempos, cuando el portugués Manuel Lobo fundó la ciudad en 1860. Pero hay que destacar que hasta 1968, Colonia era solo ruinas, destrucción y abandono, y era conocido como “el pueblo de las prostitutas”.

De hecho, uno de sus puntos más famosos es el de la Calle de los Suspiros. Cámara en mano, los viajeros buscan las mejores postales de esta pintoresca vía, cuyo nombre poético se debe a que supo ser zona de prostíbulos. Esta arteria es una de las pocas que conserva su estructura original tal cual la trazaron los portugueses, con el empedrado irregular y caída hacia el centro para favorecer el desagüe, sin vereda ni cordón, como correspondía a esa época. Una vez al día, alguien se encargaba de recolectar los desechos líquidos de casas y los derramaba por la canaleta central, mientras voceaba el típico “¡Agua va!” y allá iban las aguas.

Cuentan los guías locales que era la calle donde, en tiempos coloniales, se reunían “las mujeres de los besos fáciles”, muchachas que ofrendaban suspiros de placer a marineros y soldados huérfanos de amor de alcoba. Otra versión, menos sugestiva, indica que el nombre del callejón se debe a que por allí desfilaban los condenados a muerte; allí se abatían sobre ellos los suspiros de la agónica espera.

La famosa y mítica Calle de los Suspiros. (Turismo de Colonia)

Entre el pasado

A su derecha está el bastión de San Miguel y solo hay que remontar una travesía para aparecer en la plaza Mayor, donde se agolpan la casa del Virrey y los palacetes más suntuosos, así como el museo municipal y el del azulejo, una magnífica colección que abarca de 1849 a 1900.

Otra visita obligada es el Faro. Al ser una ciudad disputada entre coronas europeas, Colonia fue durante años escenario de batallas navales. La inexistencia de un faro generaba tal cantidad de naufragios que en 1855 terminó por construirse uno. Hoy este se encuentra sobre las ruinas del convento San Francisco Xavier. Se puede subir hasta su punto más alto y asombrarse con los increíbles paisajes que se observan desde allí.

El faro, testigo en el pasado de batallas navales. (Turismo de Colonia)

Entre pulperías, almacenes de ramos generales, bares y cafés con mesas bajo las copas de árboles añosos, el viajero puede ir descubriendo ateliers o alguno de los museos que narran la historia del lugar. El “Museo del Período Histórico Portugués”, el “Museo Casa Nacarello” o el “Museo Indígena Roberto Banchero” son algunos de los más visitados.  Sin embargo, el que no puede faltar en nuestra visita es el Museo del Azulejo, ubicado en un pintoresco rancho portugués de más de 300 años de vida. Allí se exhibe una colección privada de azulejos de distintas procedencias: franceses, catalanes, valencianos, napolitanos y locales.

Salvando la troncal avenida del general Flores se accede a la zona norte del casco antiguo, menos visitada, pero que contiene el interesante bastión del Carmen, un centro cultural instalado en lo que había sido una fábrica de jabones, curtiduría y lavadero de lanas. 

La zona residencial ubicada al oeste de la península y del casco histórico nuclea varios hoteles y el muelle vecino a la Rambla de las Américas, ideal para recorrer la costanera. Aunque las miradas suelen posarse en la “Plaza de Toros”, actualmente en recuperación. Con partes metálicas traídas de Francia para construir paredes, escaleras y portones, se inauguró en 1910 para corridas de toros en Colonia. Antes de la prohibición de las actividades taurinas dos años después, se llevaron a cabo allí más de ochenta corridas. Muy similar a las plazas de toros de España, conserva los tradicionales arcos y algunos detalles de circunferencia.

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