domingo, 14 abril, 2024
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Chilecito, entre el pasado y el presente

Con unos 60.000 habitantes, Chilecito es la segunda ciudad de la provincia de La Rioja ubicada en un valle y rodeada de montañas, a mil metros sobre el nivel del mar y con clima seco. La ciudad cuenta, entre otros atractivos, con ocho iglesias que son monumento histórico nacional, y un paisaje de montaña a sólo 7 kilómetros, lo que posibilita la práctica de turismo alternativo, como caminatas, 4X4 y cabalgatas.

Esta localidad de gente amable y que sirve de puerta de entrada a la mítica ruta 40, fue originariamente tierra de diaguitas, se convirtió en la capital más austral del Imperio Inca y tuvo, también, esplendor de pueblo minero. Chilecito, que en lengua kakán significa “confín del mundo”, fue fundada en 1715 por el español Domingo de Castro y Bazán, con el nombre de Villa de Santa Rita, aunque luego fue Nueva Argentina hasta llegar al actual. No obstante, algunos chileciteños adjudican el nombre a la numerosa presencia de pobladores chilenos que a comienzos del siglo XX llegaron al lugar para trabajar en la explotación minera.

Chilecito es un oasis en forma de valle delimitado hacia el oeste por las sierras del Famatina (con 6.200 m.s.n.m. es el sistema serrano continental más alto del mundo)-, y hacia el este por las del Velazco. Y para apreciar este paisaje en su plenitud, un recorrido que debe hacerse es la denominada Vuelta al Pique o faldeo al Famatina, una excursión de unas cuatro horas.

En esta zona, otra excursión imperdible es conocer el Cable-Carril, una obra de ingeniería declarada Monumento Histórico Nacional, que data de 1904. Está conformada por 9 estaciones y tiene un tendido de un cable aéreo de 36 kilómetros que se extiende en línea recta desde la primera estación ubicada en la ciudad hasta los socavones de la mina La Mejicana, en el cordón del Famatina. El Cable-Carril hoy es un cementerio de vagonetas, tolvas, escalones en caracol y remaches con una riquísima historia.

Desde la ciudad se puede visitar en el día las Termas de Fiambalá, ubicadas a unos 150 kilómetros, la impactante Laguna Brava a unos 500 km o Talampaya, a 250 km. Justamente para llegar a este último destino hay que atravesar otro sitio que es una visita en sí mismo: la Cuesta del Miranda. Construida a pico y pala en las primeras décadas del siglo XX sobre un sendero de arrieros y animales que supieron transitar los Incas, está a media hora del centro de la ciudad, se extiende poco más de 12 km y alcanza los 2.000 m.s.n.m. Recorrerla, ya sea en 4×4, haciendo trekking o en bicicleta, permite descubrir un hermoso paisaje de brillante tierra roja, con mezcla de verdes y grises, y profundas quebradas rocosas.

El caminar por la ciudad también nos ofrece postales llamativas. Una de esas se da al Cristo del Portezuelo, de 17 metros de alto, pero para eso habrá que transpirar 200 escalones. Vale la pena, ya que desde las alturas se descubre otra mirada de la ciudad y el valle, rodeado por las sierras del Famatina y el Velazco.

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