martes, 22 noviembre, 2022
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Una vuelta por la excéntrica Tarija

La ciudad boliviana de Tarija, que formó parte del territorio argentino hace más de 100 años y tuvo una activa participación en la Guerra Gaucha de las Republiquetas, posee una arquitectura envidiable y suficientes encantos naturales como para satisfacer las expectativas de turistas de todo el mundo.

Baños termales, cascadas, lagunas, salinas, bosques y sierras conforman un paisaje que contrasta con la arquitectura colonial y que invita al turista a hacer avistajes, trekking, náutica, ciclismo, natación, remo, caminatas, clavadas y otros deportes.

Capital del departamento del mismo nombre, se encuentra a orillas del río Guadalquivir, al sur de Bolivia, en un amplio valle, a unos 1.800 metros de altura, y cuenta con un clima agradable la mayor parte del año. La ciudad es conocida como “Tarija la linda” o la “Ciudad de las flores”, y es el destino ideal para quienes quieran disfrutar del clima templado, visitar los diferentes atractivos turísticos, degustar vinos locales y conocer gente amable y simpática.

Fundada en 1574 por el español Luis de Fuentes y Vargas, quien la bautizó “Villa de San Bernardo de la Frontera de Tarixa”, está muy bien conectada con el resto de Bolivia y con el norte de Argentina por rutas que se encuentran en buen estado. También tiene aeropuerto.

En Tarija se mezclan los edificios históricos con nuevos comercios, hoteles y restaurantes: así, el Convento San Francisco, la Catedral, la Casa de la Cultura “Maison D’Or” y el Castillo Azul, conviven con espacios modernos como el puente San Martín, la Fuente de los Deseos, el Parque de las Flores y el Mirador Juan Pablo II. La Maison D’Or y el castillo Azul son dos imponentes propiedades de fines del siglo XIX -cuando Tarija sólo tenía 17.000 habitantes- que hizo levantar Moisés Navajas Ichazo, sindicado como “el vencedor del diablo” en el juego de la taba; pero que en realidad fue un ingenioso comerciante, importador y exportador, que supo acumular una fabulosa fortuna y que se dio el gusto de hacer construir esas moles -una dorada y la otra color cielo- que hoy tanto llaman la atención de los turistas.

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