Copenhague en primera persona

La capital de Dinamarca sorprende al viajero por su orden, seguridad y los innumerables paisajes para descubrir.

Por Florencia Dauna, especial para De Viaje / De Dinamarca no tenía idea de nada, sólo sabía que empezaba con la letra “d” y por eso lo usaba cuando jugaba al Tutifruti, para colocarlo en la sección Países. Pero un día me encontré tomando un avión hacia Copenhague, su capital. Al instante de llegar me di cuenta de su perfección.

Podría escribir muchísimo de todo su sistema, de cómo son sus calles, su política, de cómo el Príncipe sale a pasear con sus hijos sin problemas y nadie lo acosa. De que las casas no tienen llaves, de que todos usan bicicletas para trasladarse. De que la propia Reina se encarga de diseñar cosas para la ciudad. De que si cruzas una calle en rojo aunque seas peatón, te cobran multa. Pero opté por escribir de las cosas que más me llamaron la atención.

Antes de venir, muchos me hablaban de que me iba a morir de frío. Pero la ola de calor que azotó Europa me regaló una primavera y un verano impecable. La máxima ha llegado a 32 grados y justo en un lugar que no está preparado. Dormir se volvió una aventura, nada de ventiladores y mucho menos aires acondicionados. Subir al transporte público significaba entrar a un sauna: los colectivos no tienen ni ventanas.

Además era como vivir siempre de día, ya que apenas oscurecía a las 22.30 y amanecía a las 3 de la mañana. Nunca era completamente de noche. Ya ahora empiezan los días lluviosos y más fríos. Pero mientras refresca, los daneses siguen de remera, y ante mis preguntas, me llegaron a contar que se acostumbran a la fuerza. ¿Cómo es esto? Ellos saben que en invierno puede hacer menos 20 grados, entonces, cuando son bebés los padres los hacen dormir la siesta afuera. Sí, en el cochecito pero afuera, al aire libre, al frío. Y cuando la primavera está llegando y son pequeños, los meten de a ratitos al mar, con el agua helada (para mi gusto), y así se van acostumbrando al frío.

Otra de las cosas más sorprendentes es ver cómo andan en bicicleta, la velocidad, los estacionamientos para ellas, el orden, respeto, y los gestos que hacen con las manos para indicar si doblan o frenan. La bici es su medio de transporte; para que se den una idea la usan hasta para ir a bailar. Se dice que en este país existen bicicletas fantasmas: cada una persona hay tres. Muchas están abandonadas, otras olvidadas. Es muy común ver en las estaciones de trenes o en los aparcamientos muchas de ellas con cintas de colores. Es que el Gobierno lleva un control, y cuando ve que están hace un tiempo, le colocan una cinta verde para avisarle a su dueño que debe llevársela; luego es el turno de una amarilla, como segundo llamado de atención y finalmente una roja. Entonces cuando tiene esta cinta cualquier persona puede hacerse dueña de ella.

Por eso se dice que venir a Copenhague y comprar una, no tiene sentido. Esto también pasa porque los daneses prefieren comprar una bicicleta nueva antes que tener que arreglarla: ir a un bicicletero es caro. Y eso sí, siempre hay que ponerle candado y no por una cuestión de que haya ladrones, sino que una bici sin candado significa que cualquiera te la puede usar y después imposible encontrarla.

 

Alcohol y política

Por otro lado, una de las cosas que más me impresionó es ver la cultura del alcohol que tienen. Desde adolescentes hasta personas grandes se los ve tomar muchísima cerveza y vinos blancos o rosados. Beber en la vía pública es legal. Uno sube a un tren y es común ver que tengan una lata de cerveza en la mano como si fuera una gaseosa. En los parques se sientan en ronda y llevan hasta las copas para el vino. Creo que tienen una resistencia absoluta y debe ser por su espíritu vikingo que todavía conservan. Se dice que en el pasado, cuando no tenían agua potable, fabricaban cerveza y se tomaban diez litros por persona. Claro, que cuando llega la noche y sobre todo los fines de semana, cruzar personas ebrias es común, pero jamás salen de su eje: siguen siendo “señores”. No hay peleas, no hay nada, solo están borrachos.

También podría decir que quizás que beban tanto se deba a que buscan algo diferente en sus vidas. Es un país donde su sistema político y económico funciona de maravillas, a simple vista parecen perfectos. Nadie habla de problemas como la inflación, grietas, corrupciones, inseguridad. Nada de eso pasa. Caminar a cualquier hora por las calles, incluso las más oscuras, y no sentir miedo, te da una libertad absoluta. Los daneses han hecho dos marchas en los últimos tiempos. Una era porque al Gobierno le sobraría plata, entonces pensaba en bajar los impuestos; y la gente salió a protestar porque no quería. Cualquiera en Argentina estaría contento. Pero ellos opinan que si le bajan los impuestos bajaría su calidad de vida. Y la otra marcha fue para que a los inmigrantes se les diera el mismo salario que a ellos.

Muchos piensan que Copenhague es sólo una ciudad, pero no. Hay que salir a conocerla. Tiene grandes espacios verdes, bosques con siervos, el parque de diversiones más antiguo del mundo y hasta playas. Y claro, que los daneses también tienen lo suyo: es el país de la gente linda con buen porte, hablan su propio idioma, inglés perfecto y muchos de ellos hasta español. Así que por ahora, no hay mucho que criticarles.

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Fecha de hoy

13/12/2018

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